
RECUERDOS DEL PRESENTE
Dicen los griegos que después de darle la mano a un albanés debes contar tus dedos. Quizá los bolivianos tengan que decir lo mismo respecto de los rusos, ahora que les han dado la mano.
Es que el acuerdo con Rusia para las vacunas se está convirtiendo en una pesadilla que llega por capítulos.
Para comenzar, está la historia de la “cláusula de confidencialidad” por la cual el Gobierno de Luis Arce no puede explicar qué ha ofrecido a Rusia a cambio de las vacunas.
El Gobierno envía a la cárcel, usando una novedosa versión de los juicios sumarios, a personas que manejaron, por ejemplo, la compra de los respiradores en el gobierno de Jeanine Áñez, por unos tres millones de dólares.
Esos mismos jueces tendrían que ocuparse de otros casos, como el gasto de 1.000 millones de dólares que hizo el gobierno del cocalero Morales en el proyecto del litio. Ese sí que es un elefante blanco, porque además está en medio del salar más grande del mundo, de majestuosa blancura.
Que la droga domine el gobierno de Bolivia, que sus representantes controlen el Parlamento, que los jueces le sean obedientes, que el país forme parte de una transnacional del narco, es algo que los bolivianos deben resolver.
Pero que, además, este delito interfiera con actividades económicas legales, en competencia prepotente, monopólica y abusiva, es el colmo, según dicen los empresarios cruceños dedicados a la extracción y venta de áridos.
La carta informativa Siglo 21 revela que Rusia ha pedido al gobierno de Bolivia que, a cambio de las vacunas, se le entregue los territorios bolivianos que contienen “tierras raras”.
La fuente de la información es la muy prestigiosa Economist Intelligence Unit que, en una producción para radio informa de una llamada telefónica hecha desde Moscú a La Paz para expresar esa condición, a las pocas horas de firmado el acuerdo para la provisión de vacunas.
El presidente Luis Arce ha dicho a los bolivianos que el contrato para la compra de vacunas rusas contra el virus chino no se lo puede difundir porque contiene una “cláusula de confidencialidad”.
Difícil momento para los bolivianos. Por momentos parece que tuvieran dos gobiernos y luego tienen la sensación de que no tienen ni siquiera uno.
El cocalero Morales despacha desde el Chapare. Allí recibe a cancilleres extranjeros y a la crema y la nata del empresariado cruceño.
Desde La Paz, Luis Arce mira y no se sabe si refunfuña o sonríe. En su rostro resulta difícil saber si está feliz o se siente desgraciado. Porque, además, lleva barbijo.
Salvador Romero debió dimitir porque había osado anunciar “ajustes” al sistema electoral, lo que hubiera puesto en riesgo la posibilidad de que el cocalero Morales gane en las elecciones que se deberían convocar apenas Luis Arce entregue su dimisión.
Es probable que le hubieran hecho llegar Romero, al estilo de Vito Corleone, una oferta que él no podía rechazar y, entonces, calladito, entregó su carta de renuncia al TSE, con lo que se cancela la posibilidad de que el sistema electoral sea corregido. De eso se trató todo el incidente.
Las organizaciones de periodistas alertan sobre el avance del plan del gobierno masista para restablecer el control absoluto de los medios de comunicación que se dio en la gestión del cocalero Morales.
El partido de gobierno está repitiendo, con regularidad que se hace más frecuente, su deseo de crear milicias armadas para defender el “proceso de cambio”.
La frecuencia de los anuncios aumenta con los descalabros electorales que sufre el partido del cocalero Morales, y ahora se ha convertido en un angustioso clamor.
Quiere este partido desandar la ruta que hicieron los militantes de las FARC de Colombia, que se iniciaron como guerrilla y ahora aspiran a tener el rol de un partido democrático.
Los masistas tienen un grave problema, aparte de la enfermedad terminal que sufre su partido: deben jubilar a su caudillo, preferiblemente en una casa de salud, porque está desvariando.
Eva Copa, que lo conoce muy bien, ha dicho que el cocalero sufre de una paranoia con los golpes de Estado, pero prefirió no dar rienda suelta a sus opiniones “por respeto a su edad”.

