El refugio de 2016 (o el mundo de ayer)

Columna
LA ESPADA EN LA PALABRA
Publicado el 26/01/2026

¿Podemos visitar París o Miami, saber que tendremos un hijo, comer sushi o ir al gimnasio, pero sin hacer alarde en Instagram?

Al parecer, no: la dopamina que se libera al presumir aquellas acciones en redes sociales nos dificulta ya no seguir buscando la atención de los demás. Hay que existir online.

Desde fines de 2025 e inicios de este 2026 se inició en el mundo una nueva tendencia en redes promovida por las generaciones Millenial y Z que, viendo con nostalgia lo que fueron las redes 10 años atrás, intenta rescatar lo que fue 2016.

Aquella tendencia parece tener un trasfondo sociológico y psicológico que puede ser analizado en profundidad y que da cuenta de un presente incierto y acelerado, uno en el que las redes ya sirven solo para vender una marca o promocionar una empresa.

A nivel estético, la tendencia promueve el regreso a los antiguos filtros de Instagram, a las selfis con filtros ridículos, a las fotos en el espejo antes de salir a la disco, a las viejas listas de canciones, a los atuendos de los que por entonces eran jóvenes y, sobre todo, a la sensación colectiva de autenticidad, imperfección y espontaneidad.

Pero en el fondo es un grito desesperado contra la crisis multidimensional (climática, financiera, política) que pone en vilo al mundo y contra la saturación digital que está afectando a millones.

La nostalgia, pues, irrumpe cuando el sistema nervioso percibe el presente como amenazante.

Y así, la tendencia parece no ser solo una moda, sino la reacción natural contra la fatiga cultural de una generación que ve su vida trastornada por la inmediatez, la optimización de resultados, el algoritmo y la dictadura de los likes, con los que las personas de carne y hueso no significan mucho.

La tendencia sugiere que 2016 fue “el último año auténtico” en las redes: el contenido no estaba supeditado por métricas de rendimiento, formato o frecuencia y lo digital todavía se movía más lentamente.

Las redes no eran un portafolio con una “estrategia de contenido” ni un CV, sino un espacio de recreo.

Sí eran caóticas, pero en un sentido más natural y no por lo que quisiera un algoritmo. No se extraña 2016 en sí mismo, sino lo que había en él: tal vez fue el último año en que se publicaba porque sí y no por alimentar una marca personal.

Además, recordemos que ese año sucedía lo del Brexit –que hizo tambalear a la Unión Europea y aceleró el fenómeno de las noticias falsas– y ascendía al poder Donald Trump, quien representó el inicio de un nuevo nacionalismo en el mundo.

Entonces las redes comenzaron a ser espacios de estímulos rápidos y odio político… Y luego vino todo lo demás: que existamos para el teléfono y no este para nosotros.

Esta tendencia de volver a 2016 se parece a lo que el escritor Stefan Zweig expuso en su libro de memorias, El mundo de ayer, en el que narró la nostalgia que los europeos y él mismo sentían cuando recordaban los años previos a la Gran Guerra (1914-1918), años en que todos vivían con la cabeza más despejada y todo era más espontáneo, estable y, tal vez, feliz.

Pero los años en la historia no pasan en balde.

En medio del caos, el ser humano reacciona y mira su pasado para recordarlo como si hubiese sido mejor que su presente.

Esto no es realmente así, pues el filtro nostálgico nos puede distorsionar la percepción de la realidad pasada (cuando el presente duele, el pasado se embellece), pero sí sirve para cuestionarnos.

Hace una década, el año 2016 también tenía mil calamidades, pero ahora recordamos que en aquel tiempo las redes eran más ligeras porque no parecían un catálogo de empresa y nos mostraban solo aquello que publicaban quienes eran nuestros contactos; además, TikTok aún no existía y la música tenía todavía letras memorables. Se añora la mayor sensación de seguridad, la mayor energía emocional.

Ahora la dopamina se libera con un like recibido o con el simple hecho de escrolear. Entonces la continuidad temporal se rompe; el tiempo se diluye y se siente no-vivido.

Todo es más rápido, más competitivo, más agobiante. Es difícil concentrarse en algo sin ver el móvil.

Parecería que la vida se nos va en la pantalla… Y la realidad comienza a sentirse vacía.

Si quieres regresar a 2016 y alejarte un poco de la conectividad, lo mejor que puedes hacer es (re)crear un entorno íntimo más humano o lo más parecido posible al que había en aquella época, pese a las dificultades que haya en ese empeño: más vínculos interpersonales, menos autoexigencia, más familia, más calor humano.

En ciertos aspectos, regresar a la tribu puede ser lo mejor que se puede hacer.

 

El autor es politólogo y comunicador social

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